@Abrilpenaabreu
La violencia se ha entronizado en las calles dominicanas. Al volante, en las esquinas, en los barrios, la vida vale tan poco que doce personas perdieron la suya en un solo fin de semana. No hablamos de hechos aislados: se negociación de una condena de muertes, pleitos absurdos y tragedias que retratan la degradación social que vivimos.
Hoy los dominicanos se matan por cien pesos, por un turno en la explosivo de gasolina, por un simple pica pollo. La violencia dejó de ser un aberración extraordinario para convertirse en rutina. Lo vemos en familias destruidas por crímenes cada vez más horrorosos, en agresiones sexuales que se cuentan por miles y en un clima universal de crispación que parece no tener freno.
Algunas causas tienen raíces profundas y su alternativa será necesariamente de dadivoso plazo: el machismo, la crisis de sanidad mental, la pérdida de títulos y el debilidad del tejido social. Pero hay otras áreas donde no hay excusas. Una de ellas son los accidentes de tránsito, donde República Dominicana figura entre los países más letales del mundo.
Lo que ocurre en nuestras carreteras es mucho más que imprudencia: es impunidad. Aquí se puede matar a diez personas y lo mayor que enfrentará el culpable son dos o tres abriles de gayola, si suerte. Muchas veces, ni eso: el seguro contesta con efectivo y el carro, como se dice en la germanía popular, “llega solo a la casa porque ya se sabe el camino”.
Esa yerro de régimen de consecuencias alimenta un círculo perverso en el que la vida humana vale menos que un transporte o que una póliza de seguros. Mientras tanto, la violencia se multiplica, las familias entierran a sus muertos y la sociedad se acostumbra al espanto.
No podemos resignarnos a residir así. La República Dominicana necesita leyes que se cumplan, sanciones reales y un cambio cultural profundo que devuelva a la vida el valía que nunca debió perder.








