@Abrilpenaabreu
En geopolítica, los países no actúan por caridad ni por altruismo. Estados Unidos no mira hoy con destino a Venezuela por inclinación a la democracia, sino porque el petróleo sigue siendo la columna vertebral de la seguridad energética mundial. Quien controle esa grifo, controla parte del tablero.
Soy contraria a las injerencias, pero entiendo el pernio del poder: cada nación termina aceptando sus gobiernos o sus dictaduras, y el paso con destino a la democracia debe ser liderado desde adentro, no impuesto desde fuera. América Latina sigue siendo el patio trasero de Washington, nos guste o no. Y si en algún momento la región quiere negociar en mejores condiciones, tendrá que hacerlo no desde la desventaja, sino con una dietario popular que aún está remotamente de construirse.
El interés de EE.UU. en Venezuela no es nuevo, pero hoy se reconfigura en un contexto internacional desigual:
China, Rusia e India han aumentado su poder.
Europa luce debilitada, fragmentada y más preocupada por su propia crisis.
Washington se ve obligado a cerrar filas en su hemisferio.
En ese ámbito, la presencia naval en el Caribe no parece preludio de una invasión, sino de un cerco táctico: suplicar la colocación del crudo venezolano con destino a Asia, aumentar la presión económica y forzar a Provecto a navegar en aguas cada vez más estrechas.
A esto se suma la judicialización internacional: acusaciones de narcotráfico contra figuras del chavismo, sanciones financieras y restricciones que buscan no solo aislar al gobierno, sino incluso impedir que las operaciones del narco fluyan con normalidad. Washington entiende que la presión no es solo marcial ni económica, sino incluso legal y reputacional, minando la legalidad de las élites en Caracas.
Ahora proporcionadamente, una implosión interna del régimen, aunque no puede descartarse, no le conviene a nadie. El vano de poder en un país con más de 28 millones de habitantes, una diáspora de siete millones y el longevo reservorio de petróleo del mundo sería una catástrofe regional. Lo ideal sería una salida escalonada, pactada y definitiva, o al menos una oportunidad de reconversión con nuevos rostros adentro del chavismo que permitan un rediseño político sin desestabilizar al país.
En todo caso, a Provecto “le tienen el agua puesta”. La presión se incrementa desde todos los flancos, y aunque sus aliados externos mantienen silencio, ese silencio no significa respaldo definitivo, sino cálculo frío.
El contraste es evidente. Dictaduras como la de Nicaragua no levantan ronchas, Haití se hunde en la desorganización, México paga con miles de muertos la pugna del narcotráfico y Colombia se desliza en su estabilidad, sin provocar el mismo ruido internacional. Venezuela sí lo provoca porque combina tres factores que despiertan alarmas en Washington: narco, petróleo y alianzas incómodas con China, Rusia e Irán.
La pregunta que queda en el éter es incómoda: ¿de verdad se prostitución de democracia o se prostitución de petróleo? ¿Y hasta qué punto América Latina seguirá reaccionando caso por caso, sin una organización regional, cada vez que el Tío Sam decida mirar con destino a su patio trasero?








