El gran calor que vivimos no es un simple verano sofocante. Es un aviso. La República Dominicana y todo el Caribe están registrando temperaturas históricas que convierten el brisa en un horno, el suelo en brasas y el mar en un depósito de energía peligrosa. Esa energía acumulada puede ser el combustible para ciclones y huracanes de gran intensidad, de esos que marcan generaciones y destruyen en horas lo que tarda abriles en levantarse.
Puede repasar: ¿Les digo Poco?
El calor es un signo, pero además es un preludio. Y frente a él, lo peor es la indiferencia. Como sociedad, necesitamos comprender que los fenómenos climáticos extremos ya no son excepciones: son la nueva normalidad. La clan debe estar atenta a las informaciones oficiales, revisar siempre las fuentes y evitar la trampa del rumor que confunde y paraliza. Las autoridades, por su parte, tienen que ser claras, responsables y oportunas en la comunicación: un mensaje mal entregado puede costar vidas. Pero el pelea no termina ahí. El Estado debe puntualizar políticas públicas que reduzcan las fragilidades de nuestras comunidades, que fortalezcan la resistor de las infraestructuras, que multipliquen la capacidad resiliente de la población. Y, sobre todo, que eduquen. Porque la educación en el conocimiento del clima y de sus fenómenos es la mejor medida de prevención.
¿Les digo poco? Sin educación climática no habrá preparación existente. Y en un país donde la pobreza hace a muchos más vulnerables, cultivarse a repasar las señales del tiempo es tan vivo como el agua misma.






