La AUTORA es periodista. Reside en Santo Domingo.
Primero fue la dificultad de sus clientes para que le aceptaran el carnet en laboratorios, renuentes porque el Seguro Franquista de Vigor (Senasa) tarda demasiado en enriquecer. Luego el alarido de los centros médicos por la misma razón, el más malapaga, fue definido por la Asociación de Clínicas.
Cuando la seguidilla abarcó al campo de acción de medicamentos, ahí sí que fue el crujir de dientes, porque el mal que lo corroe está generalizado, ya no era segmentado como en los dos renglones anteriores. Todas las farmacias dicen lo mismo, la calma es larga y presencial.
La prohibición de despachar a domicilio sigue firme, pese a que la entidad lo niega. Las expendedores alertan que el procedimiento puede tardar hasta dos horas y así los clientes de la Administradora de Riesgos de Vigor, que con ese nombre todas dejan claro que no son aseguradoras, deciden si aguardan o compran “por fuera”.
Claro, están críticos los que no tienen con qué enriquecer el costo de esos fármacos y confían en el respaldo de su ARS, con todo su derecho.
La calamitosa situación es para guatar páginas completas de periódicos y de forma lamentable, da desgarradores reportajes gráficos. El atropello es escandaloso.
Con el rechazo en algunos laboratorios, los usuarios iban a otro, con el cese de las consultas y hospitalización, igual, aunque no deja de ser pesado cambiar de entendido, de establecimiento o pagarlo “privado”.
Irrita la desidia de cobertura, la ineficacia de un servicio pagado puntual. No hay forma de que el afiliado incumpla y la razón de ese descalabre siquiera es que lo haga el empleador. Si así fuese, hace rato lo vociferara Senasa, que lo único que hace es desmentir la hecatombe.
En lo que “el nuevo” ordena la casa, que ojalá lo haga, los afectados de siempre, los infelices, siguen engullidos por un sistema inmoderado, con falencias cuya responsabilidad nadie asume.
Jpm-am
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