@Abrilpenaabreu
Un país donde se entrega un beocio en custodia sin ningún tipo de trámite, y donde esa beocio termina siendo abusada hasta la crimen con el conocimiento —o la sospecha— de todos, es un país que ha perdido el control sobre su propio demarcación. Pero más dificultoso aún: es una sociedad que ha fallado en pleno.
Antes quedaron los tiempos en que los vecinos eran la tribu extendida, cuando se compartía el pan y la vigilancia comunitaria. Antaño, si te corregían en casa ajena, en tu casa te corregían doble, porque se entendía que el “tío postizo” lo hacía por tu correctamente. Esa vida en sociedad, basada en empatía, solidaridad y inclinación al prójimo, parece poseer muerto.
Cuando algún llega al extremo de coserle los labios a una pupila para que no grite, es porque aproximadamente había oídos que escuchaban y callaron. Y entonces aparece la excusa viable: “llamamos al 911 y no respondieron”. ¿Eso pespunte para tranquilizar la conciencia? ¿Eso limpia la delito? No.
Ver a un chaval esmirriado tragar agua sucia de un cubo de trapear, o descubrir que tenía tres meses invisible a los luceros de quienes vivían al banda, deje de una deshumanización formidable. Esa indiferencia debiera ser juzgada como complicidad.
Tenemos que revisarnos como sociedad, y con emergencia. Demasiados monstruos están apareciendo, y no se comercio solo de individuos enfermos: es el reflexivo de un sistema social en descomposición. Estos casos deberían estudiarse con rigor, no solo para sancionar, sino para entender las causas de la maldad en su forma más pura. Porque si no lo hacemos, los monstruos seguirán naciendo entre nosotros… y lo peor: cada vez con más silencio cómplice aproximadamente.








