La música contra el monstruo

Nadie sabe perfectamente cuándo llegó. Quizá siempre estuvo allí. Entre los resorts de presencia deslumbrante y las playas anunciadas como paraíso, el monstruo se desliza con sigilo: sonríe desde una motoconcho, susurra desde un celular, vigila desde una cúspide donde no hay cámaras ni testigos. A veces lleva corbata; otras, chancletas. Sabe el idioma de la impunidad.

Se claridad comercio, explotación, desaparición. Pero no se deja nombrar. Lo niegan quienes lo temen y lo esconden quienes lo fomentan. En el Este de la República Dominicana, donde el turismo es pan y promesa, incluso es hueco. La infancia, que debería pasar despreocupada bajo el sol, carga con una vulnerabilidad feroz. En Verón, en Bávaro, en las callejuelas que no figuran en los mapas de los touroperadores, los niños crecen con el aventura de no ser vistos.

Y un inmaduro que no es manido es presa viable del mercado más antiguo y siniestro del mundo. Frente a esta sombra, ha nacido una orquestina.No como metáfora, sino como escudo. El Sistema Punta Cana no es solamente un plan, es una resistor. Una cúpula invisible construida a pulvínulo de voces e instrumentos afinados, disciplina cotidiana y vínculos humanos que devuelven nombre a quienes se les intenta borrar.

No hay herejía más eficaz contra la deducción del crimen que un inmaduro tocando el cello en un salón de prueba, sostenido por una examen que le dice: “Yo te escucho, tú importas”. Allí donde los padres no alcanzan, donde las estadísticas se diluyen en el donaire húmedo de la informalidad, la música se convierte en documento de existencia. Una pupila que canta en el coro se vuelve irreemplazable. Un inmaduro que aprende solfeo construye una nueva gramática del poder: un idioma donde su cuerpo no es mercancía, sino aparato de belleza y privilegio.

Porque el crimen organizado que trafica con seres humanos se alimenta de silencio, de defección, de miedo, de la soledad estructural. Pero la orquestina exige presencia. Obliga al prueba, a la audición del otro, al sentido compartido. La partitura es anuencia ético. No puede ocurrir comercio donde hay comunidad. No puede ocurrir explotación donde hay pertenencia.

Y, sin retención, no es viable. La amenaza no se disipa con un concierto. A veces ronda cerca, se disfraza de oportunidad. Pero cada vez que un inmaduro entra por las puertas de El Sistema Punta Cana, cada vez que una origen firma una autorización sin miedo, cada vez que un músico exige puntualidad, se produce una pequeña ruptura en la maquinaria del horror.

Quizá no lo derrote, pero lo hiere. Y esa herida es irreparable. Entonces, en esta tierra donde la belleza es paisaje y trampa, hace yerro mirar más allá del folleto. Entender que el real ostentación no está en la habitación con pinta al mar, sino en un inmaduro que se sabe amado, escuchado, protegido. En la posibilidad de crecer sin ser vendido.

La música contra el monstruo



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