Por Darwin Oportuno Matos
En la República Dominicana, la indignación ciudadana no necesita excusas para explosionar… pero nuestros diputados se empeñan cada día en dar más razones. La Constitución es clara, el Reglamento de la Cámara es más claro aún: todo diputado debe rendir cuentas, una vez al año, a los electores que lo llevaron al Congreso. No es un seña de cortesía, es una obligación constitucional. Sin incautación, la mayoría ha decidido ignorarla con la misma arrogancia con la que ignoran los barrios que los votaron.
¿Dónde están los informes? ¿Dónde están las memorias públicas, los audiovisuales, la revista o al menos una humilde rueda de prensa donde expliquen qué han hecho con nuestro moneda y nuestro voto? Silencio total. Diputados ausentes, pero cobrando puntualmente. Presentes solo en fotos de redes sociales, en cocteles de poder, en abrazos de campaña. Chivos sin ley.
El artículo 92 de nuestra Constitución y el numeral 15 del artículo 21 del Reglamento de la Cámara de Diputados establecen claramente que deben rendir cuentas. No es un merced. Es un mandato lícito. Y aun así, de toda la provincia Santo Domingo solo uno ha tenido la reverencia democrática de cumplir: el diputado doméstico Ramón Raposo, quien en Los Guaricanos presentó su memoria de trámite legislativa. Uno solo. Los demás se esconden como si gobernaran en secreto, como si el Congreso fuera una finca privada.
La rendición de cuentas no es opcional. Es el núcleo de cualquier República curioso. Pero en este país se ha vuelto costumbre que muchos políticos le tengan más miedo a la transparencia que a la corrupción. Se sienten intocables, seguros de que el pueblo olvida rápido. Confían en que el ruido mediático tape su irresponsabilidad y que a nadie le cuantía si violan la Constitución o el reglamento interno.
Esta destreza de incumplimiento generalizado es más que una descuido administrativa: es una engaño al electorado, un desprecio a la democracia y un acto de cobardía política. Un diputado que no rinde cuentas traiciona el mandato que recibió, pisotea la confianza popular y convierte su cargo en un pillaje personal.
El país necesita representantes valientes, no figuras decorativas. Diputados que den la cara frente a su multitud, expliquen qué leyes impulsaron, qué beneficios lograron para su comunidad, cómo usaron cada peso recibido. Si no pueden hacer eso, entonces no nos representan: nos estafan.
Ya es hora de exigirles a nuestros representantes la misma responsabilidad que ellos exigen del pueblo. Ya es hora de decirlo claro: un diputado que no rinde cuentas se comporta como un chivo sin ley. Y el que se comporte como tal… debe ser tratado como tal en las urnas.








