Jet Set: entre el descuido y el hueco emocional (1 de 2) | AlMomento.net

Jet Set: entre el descuido y el hueco emocional (1 de 2) | AlMomento.net

El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York

La tragedia en  Jet Set nos recuerda que no solo era un circunstancia de rumba, fruición y alegrías, sino todavía de cuentos, enamoramientos, conversaciones fluidas y cuerpos apretados brillando correas.

Quienes frecuentaban allí sabían de pasiones e idilios por generaciones, confluyendo en una pista que no dormía.

Era un Club Social, un icono, la imagen viva dominicana de la vida nocturna

Por ello nadie puede suponer con  cierta subjetividad textual que el señor Antonio Espaillat, quiso que poco así sucediera.

Solo un monstruo puede creerlo.

Lo mismo de que ese sitio fuera objeto de un “atentado terrorista o criminal”.

Un pronunciamiento de tal magnitud es humillante a cualquier inteligencia.

Ahora perfectamente, la tinieblas de la tragedia, esa misma pista se convirtió en el epicentro de un drama sin retorno.

Las luces que se movían a ritmo de holgorio, algunas noches, esta vez con merengue; se tornaron testigos mudas del caos.

Hubo gritos, cuerpos tendidos y una confusión que hoy, aún se resiste a desaparecer.

La investigación forense preliminar reveló: “inconsistencias que, si perfectamente no demuestra dolo, sí despiertan preguntas legítimas”.

En la investigación hay todavía algunas preguntas en las nubes: ¿Había personal capacitado para objetar en presencia de una emergencia…..?

¿Se habían hecho las debidas revisiones estructurales del circunstancia….?

¿Se cumplieron los protocolos básicos de seguridad….?

¿Tendría el recinto seguro para ese tipo de eventualidad?

¿Cuántas advertencias hubo?

¿Fue el sobrepeso, o la ruindad?

Las respuestas parecen perderse entre las rendijas de la indiferencia.

Y adentro de tantos testimonios recogidos, con palabras envueltas en lloriqueo, de dolor e impotencia, había una que se repetía con insistencia perturbadora que retumbaba: Descuido.

Lo más inquietante es que no se trató de un suerte impredecible, sino de una sucesión de descuidos que venían acumulándose.

Ya empleados habían solicitado mejoras en las expectativas de emergencias, artistas de fallos eléctricos y clientes que veían daño y escarchas caídas del techo en áreas secreto del recinto.

La tragedia no cayó del Paraíso; brotó del suelo.

Fue un aullido silenciado, muchas veces ayer de prorrumpir.

Quienes sobrevivieron describieron una estampa, Dante, infernal, humos, empujones, puertas que no abrieron, gritos, angustias, desesperación, escombros,  asfixias y anarquías; un personal sin entrenamiento; que aprendió con la improvisación del sacrificio y el duelo.

Y a eso se sumó la desaparición de una figura que diera calma a los familiares de los caídos, una voz de observador, de sosiego, que ordenara o al menos, que diera muestra de empatía.

No aparecía entre tantas…

Hasta que de repente una silueta, un rostro agrisado antropomórfico: Antonio Espaillat.

Con la brevedad de rostro y voz de un video, de ese día; no tomó un micrófono, no se vio ni se oyó, en esos días decisivos, una palabra de ningún modo de él.

En la desconcierto por el derrumbe, surgió el cuestionamiento: por qué las  autoridades   no han hecho un cerco para impedir que los extraños no  roben.

Sin querer explicar, en una confusión de esa envergadura, sin experiencia, mucho se logró por el personal a cargo, que  “las columnas si tenían varillas”, no se la robaran, de por sí, ya eso era un hito.

Lo regular siempre es que a posteriori de la tragedia vengan las hipótesis, los prospección, los juicios y la inventiva fruto de la capacidad humana.

Y es precisamente de esa capacidad humana analítica, de ahí, que toma longevo relevancia la figura del propietario, no por su atractivo físico, sino por su desaparición.

Y nos preguntamos:

¿Puede la invisibilidad ser tan cruel como la actividad?

La pregunta viene a causa de su desaparición. Y memorar la postura de ese hombre que durante primaveras puso su rostro al frente del Jet Set.

Si perfectamente nadie lo acusa directamente de provocar la tragedia, ni de quererla, sí se le cuestiona su tibieza en presencia de la devastación.

Su desatiendo de presencia, de empatía, de expresión humano…

Como si el dolor extraño no lo rozara.

Continuará …….

Jpm-am

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