Salir a la calle no debería ser una sentencia de homicidio. Pero baste un descuido, una maniobra valeverguista o la temeridad de determinado para que la vida de una persona cambie, o termine, en segundos. Cuando la tragedia ocurre, muchos dicen: “yo no quise hacerle daño a nadie”. Pero, ¿qué nombre le ponemos a la imprudencia que apaga vidas y deja familias destrozadas?
El pasado domingo 6 de julio, en el sector Pueblo Nuevo de San Francisco de Macorís, la señora Altagracia Mercedes Rodríguezde 66 abriles, perdió la vida tras ser atropellada por dos jóvenes que calibraban su motocicleta sin ninguna conciencia del peligro que representaban.
Testigos cuentan que la señora escasamente alcanzó a salir de su casa cuando fue embestida. La trasladaron de inmediato a un centro de lozanía, pero las heridas eran demasiado graves. Su vida se apagó días luego en una cama de hospital.
Hoy, una grupo entera, hijos, nietos, una superiora, llora su pérdida, preguntándose cómo determinado puede convertir una calle en una pista, arriesgando la vida de los demás sin contraer las consecuencias.
La grupo Rodríguez informa a familiares y amigos su fallecimiento, y comunica que sus restos están siendo velados en la funeraria del sector Rivera del Jaya, ubicada en la calle B, en San Francisco de Macorís.
Pero la historia no terminó ahí. Al punto que tres días luego, el miércoles 9 de julio, otro choque pésimo sacudió la provincia. Esta vez fue en la carretera San Francisco, Nagua, donde Marcelo Asegurar perdió la vida al chocar contra un camión estacionado.


Su compañero de trabajo, quien conducía, relató que intentó rebasar a otro transporte, pero al retornar a su carril no pudo evitar el impacto. “Todo fue por querer rebasar”, admitió.
Dos muertes en menos de una semana. Dos familias marcadas para siempre por el dolor. Y una sinceridad que no cambia: las calles siguen llenas de conductores imprudentes, calibre, rebasando sin precaución, corriendo a velocidades absurdas como si la vida ajena no tuviera valía.
Mientras las autoridades no tomen medidas drásticas, la irresponsabilidad seguirá siendo la norma. Duele ver cómo las familias quedan rotas por omisión de quienes se niegan a respetar las reglas. Más duele aún cuando los responsables no enfrentan las consecuencias de sus actos.
Las lágrimas de estas familias deberían recordarnos que las calles son de todos, y que cada intrepidez detrás del volante o al mando de una motocicleta puede costar una vida.





