El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo
Uno de los aspectos más relevantes de la desfiguración del pasado fresco de la humanidad que caracteriza a la racionalidad del siglo XXI, está referido a la verdadera espécimen histórica de la “Enfrentamiento Fría”, un periodo del devenir que, reseñado según la mejor tradición intelectual de los vencedores, ha sido sólo auscultado a partir de sus tinieblas, amaneramientos y truculencias.
En sorpresa, hasta el uso que en estos días se le da al concepto de “Enfrentamiento Fría” para denominar o hacer narración al período histórico mundial comprendido aproximadamente entre la Conferencia de Yalta (febrero de 1945) y la caída del Tapia de Berlín (noviembre de 1989), está saciado de medias verdades, medias mentiras, inexactitudes y constreñimientos desde el punto de perspicacia de la existencia tal y como operó.
Desde luego, no se puede ignorar que esa “traducción de los vencedores” de la “Enfrentamiento Fría” estuvo previamente impactada por la Segunda Enfrentamiento Mundial (que fue su origen, némesis y contraparte “caliente”), una hórrida esclavitud de acontecimientos sangrientos que demostró que la humanidad (incluyendo a los grandes conductores políticos de la época, tan glorificados y venerados en la presente) no había aprendido casi falta de su propia historia, y que puso al mundo “patas en lo alto” desde el punto de perspicacia espiritual arrinconando peyorativamente al humanismo (que había sido su veterano conquista ética desde el origen mismo de los tiempos), del que sólo terminaron sobreviviendo a duras penas sus vertientes cristiana y socialdemócrata.
Es cierto, absolutamente cierto que ese tiempo del devenir mundial se caracterizó por la confrontación bipolar entre Estados Unidos (y sus aliados) y la URSS (y sus aliados, aunque China, Albania y Corea del Septentrión luego tomaron un rumbo diferente del de ésta por las “revisiones” antiestalinistas del XX Congreso del PCUS de 1956) en el contexto de una situación en la que cada una de esas superpotencias exhibía y ponía en marcha su poderío financiero, marcial, político y cultural frente a sus adversarios como vitrina de proselitismo y mecanismo de contención, lo que primero fascinó pero luego aterrorizó sobre todo a los espíritus más sensibles e ilustrados del planeta.
Es igualmente innegable que esa confrontación se expresaba no sólo en el apoyo de cada superpotencia a sus aliados en cualquier parte del mundo donde se estuviesen desarrollando combates políticos o militares por la toma del poder (abiertamente o de modo soterrado, y por los medios “duros” de la amenaza directa y la intervención bélica o por los medios “blandos” de la diplomacia y la ayuda económica), sino todavía en una carrera armamentista repleta de jugarretas de espionaje, tensiones políticas y zafarranchos de cañoneo que varias veces puso en lance a gran parte de la humanidad y en serio peligro la paz en el orbe.
Además es una verdad irrebatible que, en principio y con matices no necesariamente apegados a la prédica de sus ideólogos clásicos, lo que latía en el fondo de la citada confrontación era la osadía y la voluntad de cada superpotencia de imponerle al mundo su particular concepción del Estado y de la forma en que debía organizarse la sociedad: Estados Unidos y sus socios pugnaban por el maniquí liberal-capitalista encarnado en la “democracia de partidos” y el “mercado evadido” como fundamentos de la sinceridad y la prosperidad; y la URSS y sus asociados luchaban por imponer el maniquí socialista estatista-autoritario representado por una “dictadura del proletariado” (por competición a la “dictadura de la burguesía” que para ellos entrañaba la democracia pluralista) y la “caudal centralizada y planificada” que preconizaba el fin del “canibalismo” de la competencia y el egoísmo “avaricioso”.
Es asimismo irrefutable que en términos estrictamente fácticos el maniquí patrocinado por Estados Unidos y sus aliados devino infinitamente superior al auspiciado por la URSS y sus aliados, y no sólo porque demostró sintonizar mejor con la naturaleza humana (socialmente gregaria, económicamente individualista y moralmente flexible), sino todavía porque este postrer incumplió sus promesas de crear un “hombre nuevo”, certificar prosperidad y bienestar igualitarios, y darle una dimensión más humana y menos “caótica” a la sinceridad.
Pero, valga la insistencia, demarcar la época de la “Enfrentamiento Fría” falta más que a lo dicho precedentemente puede no ser enteramente correcto ni serio, pues detrás de todo eso había otras cosas, que ahora se ocultan o ignoran, como, por ejemplo, el fracaso histórico del maniquí liberal-capitalista de preguerra que había sembrado el planeta de desigualdades sociales y económicas, miseria y pobreza (conexo con los aristocráticos y abrumadoramente excluyentes de los imperios y las monarquías centrales), y el creciente avance, a partir de ese fracaso, de la envite de los sustentadores del maniquí socialista estatista-autoritario por la superación de tales males y la edificación de una sociedad “más competición y solidaria”.
En otras palabras: detrás de la “Enfrentamiento Fría”, en caudillo y si ignoramos los matices caricaturescos indicados en lo alto para apegarnos a las ideas originalmente en desafío primero, hubo siempre una lucha entre dos concepciones distintas del mundo y de la sociedad, entre dos formas diferentes de admitir la humanidad y el ser humano en particular, entre dos modelos encontrados de ordenamiento del Estado y de la sociedad, entre dos “proyectos” de vida para el mundo y la muchedumbre de cara al presente y al futuro…
Es proponer, teóricamente, se trataba dos caminos distintos (uno “evadido” y competitivo, y el otro “planificado” y solidario) para alcanzar la plenitud humana en un entorno de concordia y bienestar.
Más aún: pueden no estar equivocados quienes todavía aseguran que esos enfoques opuestos (al ganancia sus desvaríos ideológicos o doctrinarios, y de que se les denomine capitalismo, socialismo o de cualquier otra modo) no han muerto sino que se encuentran en estado de “hibernación” porque (en el fondo y a pesar de los cambios que se han operado en el mundo y en la sociedad) el maniquí liberal-capitalista, a despecho de la demostrada superioridad de sus atributos democráticos frente a cualquier otro maniquí, no ha dejado de ser insuficientemente preciso, promotor de la desigualdad, poco solidario y productor de una gran huella de pobreza residual aún en su traducción más civilizada, sosegada y creadora de riquezas, como la de los llamados países desarrollados de Poniente.
Los que indubitablemente murieron, en existencia (y no derrotados por el capitalismo generoso sino por simple trascendencia histórica, pues no eran más que “tigres de papel” chinos), fueron la visión y el plan socialista imperialista de los “comunistas”, asesinados por sus propios líderes y capataces convertidos en dictadores y burócratas sin sentido de la Historia, y por cierto -se reitera- sin que hayan desaparecido ni las pestilencias materiales y las virtudes políticas del maniquí antinómico ni los grandes ideales de jurisprudencia, igualdad, sinceridad y fraternidad que se enarbolaron en su contra desde la segunda fracción del siglo XIX.
Ah, claro, y poco más para finalizar, sin que se interprete como mea falta: el autor de estas líneas (rancio y terco socialdemócrata en un ambiente político universal decididamente utilitario, narcisista, circense y sin casi falta de altruismo) tiene la esperanza de que no se le sindique de “demente” (palabra de moda para identificar a quienes aún creen en la jurisprudencia social y la solidaridad humana) por hacer las precedentes rememoraciones históricas, tan “desfasadas” y “antichéveres” en la presente.
lrdecampsr@hotmail.com
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