La Constitución clásica escrita por excelencia, la de los Estados Unidos, está cumpliendo 238 primaveras de su firma, que fue el 17 de septiembre de 1787 en Filadelfia.
Aunque no es una Constitución perfecta, en muchos aspectos podría servir de maniquí a países como República Dominicana, que ha reformado su primera Constitución al antojo de los líderes del momento en 40 ocasiones y que todavía paciencia una reforma o mejor dicho, darse su Constitución definitiva.
El primer aspecto es la cantidad de artículos, la de EE. UU. sólo tiene 7 artículos, donde se trazan las grandes pautas, principios esenciales y fundamentos de la estructura política de ese país.
El otro aspecto, quizás el que más nos concierne en estos momentos, es que en esos 238 primaveras esa Constitución no ha sido tocada ni en una documento, sigue intacta tal y como la suscribieron 39 de los 55 delegados de la Convención de Filadelfia, con Pequeño Franklin como el de veterano años del montón.
Esa Constitución no ha sido víctima de las veleidades y caprichos del poder como aquí en República Dominicana. Sin tocar la flamante, lo que ha tenido esa Constitución son 27 enmiendas; la última fue en el 1992.
No ha sido reformada por dos razones: la primera es la civilización política, la tradición que legara a todos los demás presidentes, el primero de todos, el padre de la país, el lidiador y líder de los ejércitos independentistas, George Washington; la segunda es porque está blindada, o sea, como ya he dicho, no se contempla eso de reformarla en el sentido amplio de la palabra.
Felicito a los EE. UU. por los 238 primaveras de su Constitución, la cual valoran y ha sido la saco sustantiva para organizar una sociedad exitosa y admirable en muchos aspectos.
El pasado año, cuando el presidente Luis Abinader asumió su segundo periodo presidencial (2024-2028), le sugerí casarse con la goce, con la historia, porque entendía y sigo creyendo que todas las circunstancias le favorecían.
Incluso le sugerí convocar a una verdadera reforma de la Constitución, pero que sea la definitiva, reduciendo los artículos de 277 a 50, que serían los esenciales, los de principios y fundamentos y, sobre todo, que se aprovechara para blindarla, dejando sólo la posibilidad de la perfeccionamiento cuando los tiempos y circunstancias por venir lo demanden, pero sin tocar la flamante y esencial que el país debe darse.
Sigo insistiendo que si queremos que la Constitución no sea un “simple pedazo de papel” como dijera Ferdinand Lasalle en 1862, que nadie lee, ni cumple, debe partir de que todo lo que puede estar en leyes adjetivas, orgánicas, no tiene que estar en la Constitución, que, desde su esencia, como Carta Magna, se pensó para trazar las grandes pautas.
238 primaveras de la Constitución de EE.UU.: ¿qué podemos formarse?Si una Constitución con esas características ha servido muy proporcionadamente a una potencia de influencia integral como los EE. UU.






